Por la misma razón que el chocolate a veces puede contener trazas de frutos secos, amigo Pablo.
Te pondré en situación. Nos encontramos en algún lugar de china, donde las fábricas se amontonan contra el cielo gris plomizo. Es tan temprano que la nube de contaminación aún no se ha levantado sobre los edificios de la ciudad. En ese estado se la conoce vulgarmente como niebla.
En el número tres de una calle con un nombre impronunciable vemos nuestra fábrica de quesos para untar, variedades azul, de cabra y tex-mex. Como sabrás, son ideales para acompañar patatas fritas. Y si son patatas fritas de Peggy Sue, es una salsa idealísima.
Alrededor vemos naves con los interiores más dispares. Fábricas de cemento, de chocolates, de folios perfumados, de pomos de puerta.
Pero la que más destaca entre todas ellas es la fábrica de plastilina por sus chimeneas de colores y por las toneladas de bloques en forma de estrella, rectángulo y corazón que hay amontonados en el lado derecho del recinto esperando que en occidente hagan un pedido. El número marcado junto a la verja verde, es, curiosamente el tres. Entre el césped y las hormigas podemos observar al uno metalizado que la acompañaba.
Por la carretera de cemento circulan unas ruedas acompañadas un camión, acompañadas de unas legañas que están pegadas a un conductor. Saludad a Akino, aunque no creo que se entere; conduce distraído desoyendo alguna canción tradicional china. Si la tarareo puede que te suene, es una de las canciones que aparece en el disco que le regalan a todo asiático que abre un restaurante chino.
Akino lleva veinte años sosteniendo el mismo volante. Solo Guan Yu, Dios de la verdad, sabe cuántas mañanas realizando el mismo recorrido: de su casa al almacén, del almacén a la fábrica, de la fábrica al cigarro, del cigarro al retrete y vuelta a empezar. Veinte años que se han deslizado con rapidez gracias a la vaselina que transporta en su camión, tara de 30.000 kg y que parecen dirigirse sin frenos hacia la monotonía infinita de la fábrica de plastilina.
Y vuelta a empezar. Akino y su desidia crónica están hoy mal dormidos y peor despertados. Coge las curvas con la delicadeza de un luchador de la WWWE. El camión se contonea y finalmente cae enamorado sobre nuestra fábrica de quesos, variedades azul, de cabra y tex-mex, derramando parte de su amor lubricado en el interior de uno de los bidones. Concretamente y como ya intuirás, en el de queso variedad tex-mex.
Después de esto, todo es ruido de sirenas, improperios que no traduciremos por decencia, una baja laboral indefinida, y una tarrina de queso para untar pegada a la nariz de Pablo que asegura que su olor es como de plastilina.
Algunos dicen que la culpa de este suceso es de la dichosa niebla, que te acaba nublando, pero no sé, Erika, ¿qué derecho tiene el tiempo a entrometerse en nuestros asuntos?
mmm Akino a tope se merecía mejor final.
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