martes, 15 de febrero de 2011

¿Por qué es tan difícil encontrar en internet un diccionario que no se invente la traducción de las palabras?


Por la misma razón por la que el artista piensa que su cuadro nunca está terminado. O el escritor se pregunta cuándo debe poner la palabra Fin en su obra. ¿No veis la relación?

Os lo explicaré. Veréis, dentro de internet vive un señor muy estresado. Este señor es de una sabiduría inmensa, pero tiene un problema. Le han encargado escribir un poema universal, que hable de todas las cosas que existen en el mundo. Es decir, le han encargado escribir un diccionario. Y, de paso, traducirlo a todos los idiomas, incluidos el kinyarwanda y el arameo.

Imaginaos la cara de felicidad que se le puso cuando le dijeron que había sido el elegido para esta gran tarea. Él, Gumersindo Pérez, que nunca había sido más que un ratón de biblioteca, elegido para vivir en Internet y ser el gran escritor de todo lo que existe. ¡Iba a ser más grande que María Moliner!

Sin embargo, pasada la emoción de los primeros días, ahora Gumersindo sufre muchísimo, no sabéis cuánto. Los problemas empezaron cuando descubrió la subjetividad. Desde entonces ya no puede dormir tranquilo. Le han jodido bien. 

Se pregunta cómo puede ser que la palabra Yo signifique algo tan diferente para él y para ti. Piensa que el número uno, en su cabeza, siempre fue de color rojo. Pero ahora le atormenta la duda de pensar si el mismo número, en la cabeza de otra persona, es de color azul. Ya ni siquiera tiene claro qué es eso que llamamos color rojo, o color azul ni a qué narices nos referimos cuando hablamos de subjetividad. ¿Acaso es su subjetividad la misma que la nuestra?

Por si fuera poco, con todos los problemas que tiene ya Gumersindo, acaba de caer en la cuenta de que las palabras están en constante movimiento. Todos los días, en cualquier lugar del mundo, hay una nueva palabra que se crea, se encuentra con otras palabras y se reproduce. Y ya ha nacido otra palabra. ¡Son peores que los conejos, no paran! 

Así que Gumersindo tampoco puede parar. Sigue añadiendo palabras y palabras, se enorgullece de la magnitud de su propia obra, a la vez que se deprime pensando que nunca la acabará. Siempre podría ser más perfecta, más precisa, más universal. Nunca está satisfecho, nunca puede poner Fin a su obra. ¡Ah, que angustia le invade!

Un día como hoy, Gumersindo decide rebelarse. Se dice “Si todos tienen derecho a inventarse palabras ¿por qué no podría hacerlo yo?” 

Empieza su pequeña revolución con sutiles matices que añade a las traducciones de Google Translate. Ahora al traducir las palabras, nunca significan exactamente lo mismo en un idioma y en otro. 

Continúa su insurrección agregando palabras inventadas por él mismo que no significan nada en ningún idioma oficial. Wachisnei. Piticleitor. Aliquindar.

A veces incluso, se cachondea abiertamente de todos nosotros. Si no os lo creéis pinchad en este link y dadle al botón de escucha. ¡Así se las gasta Gumersindo!

En fin, ahora que ya sabéis quién está detrás de la invención de traducciones en Internet, Gumersindo se pregunta si alguien sería capaz de decirle cuál fue la primera palabra que se inventó en el mundo. La va a poner en un cartel bien grande, para acordarse de ella todos los días ¡maldita sea!. 
Joao ¿se te ocurre cuál pudo ser esa palabra?.

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